martes, 6 de julio de 2021

papi

Permanece como reflejo en mis ojos.

Recubierta está mi soledad de fotografías en sepia y dorados espejos. 

Las manos pequeñas en un cuerpo vivido.
Las cejas más expresivas que existieron una vez en la tierra
y un lunar estratégico como un Robert De Niro nacido en la Alameda.
Ríe hacia dentro y se atropella cuando se enfada.

Una Alba diminuta camina de su mano por la calle Sierpes,
nos hacemos un retrato en un fotomatón
efecto óleo
porque él es pintor 
y pinta los cielos celestes imposibles
los árboles verde Tiépolo
y se rodea de Esperanzas de Triana y Cristos de los Gitanos
de ángeles que miran con amor a su Virgen María
y a sus hermanos.
Coloridos apóstoles 
que lloran la marcha de su guía.
Una Alba diminuta camino de su mano por el cementerio,
no observo,
pero se que él,
con esmero,
subido a la más alta escalera
coloca flores en el tiesto.
Acaricio gatitos negros
y busco con mi mirada,
entre cientos de lápidas,
aquellos que tenían mi edad 
y no volvieron jamás.
Un secreto que le desvelé 
días antes del viaje infinito,
antes de poder decir,
con la absoluta certeza de conocer,
saber,
elucubrar
la travesía.
Aquí estás, aquí te amo, aquí te quise y aquí te quiero.

Rodeado de flores
en un jardín perpetuo
mi juicio se esconde en las profundidades,
con las salpas y atollas.

El quiebro retumba en mi corazón
roto
porque no puedo escuchar mi nombre
saliendo de tu boca.

Una Alba diminuta camina de su mano por la playa del El Rompido,
corriendo y asustando a cangrejos
veloces,
que aparecen y desaparecen,
con solo marcar un paso sobre el húmedo fango.
El deseo de permanecer impasible
al paso del tiempo
nunca es concedido
pero
él,
que amó con locura,
me hizo, sobre ello, construir una nube.
Y me recuesto en ella
y tengo sueños inauditos.
Me convierto en ti y camino despacio
tu rostro en mis manos,
cristal permanente y adorado
en el tiempo que nos queda.