jueves, 11 de enero de 2018

enfermedad

Hemos logrado ver, que tras la tormenta, no existe calma 
alguna.
¿Tormentas, rayos, relámpagos?
El estado natural en el que se encuentra el mundo, 
apocalipsis que no avisa con jinetes cadavéricos ni plagas.
¿Quién espera una separación entre el bien y el mal? 
¿Quién espera que se juzgue a quien imparte su doctrina del terror?
No espero, pero ansío.
El suicida llega, llama a tu puerta y se instala sin permiso.
El suicida se inmola justo en medio de una sociedad autodestructiva, una sociedad que irrumpe en tu casa e intenta no dejarte dormir.
El hambre de sangre recorre tus entrañas, te da el poder de ser el perro rabioso del que ya nadie huye porque todos han sido mordidos.
Un odio ilícito hacia todo lo que ‘uno debería hacer’,  el sabor amargo de la almendra que jode a las demás.
El ensañamiento, las vicisitudes de la mala sangre.
No hay un público púdico, nadie espera, 
saben cuál es el siguiente acto.
Sabemos quién devora almas y no es demonio. Quien no las guarda porque le quedan demasiado grandes.
La pesadilla se hizo carne y nos dio la mano.
Nos reímos a veces con ella.
Sabemos que está, sabemos quién es y aun así hablamos con ella. 
A veces nos gusta. A veces no.
¿Pudo ser que todo el mundo no la viera?
Aquí solo puedo pensar,
Pobres madres que dieron besos a quien no los merecía. 
Pobres madres que dieron leche al que necesitaba fuego.
En la más absoluta ignorancia sentimental se encuentra el individuo,
hastío de ternura,
pobre en clemencia, rico en soberbia.
Análisis.
Resquebrajamiento.
La herencia de una humanidad que eyaculó miseria. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario