sábado, 10 de marzo de 2018


Habito una nueva idea que lleva meses dando vueltas en mi cabeza, una idea desnuda y dibujada, embravecida por los sueños que me provocan las siestas cortas del mediodía.
Llegar, comer rápido, dormir, soñar un rato.
La idea provoca el patrón y tengo miedo.
Ayer sonó el teléfono, hablé. Y hablé yo,
clara, serena.
Ausente queriendo, intento vivir al margen sin tener que acabar rajándome el cuello con la navaja que guardo en la mesa.
Soñé contigo y no escribo para ti.
Voy a pasear justo donde Mercedes y Paco estuvieron viviendo antes de que yo pusiera un pie en este mundo. Y pasaré por su puerta. Lo escribí hace un rato para no olvidar que llevo pensándolo toda la tarde.
Seguro que sigue peinándose hacia atrás cada vez que sale de la ducha. Cuántas personas repiten el mismo rosario frente al espejo empañado.
Aún me atormenta aquel día que bajé las escaleras de la oficina y viajé a un recuerdo inexiste.
El recuerdo es mi estigma y me hace sentir viva.
Conocí la pasión y me volví monstruo.
Diluida en voces extrañas desaparezco en el desagüe
y la vida me quita el día y quedo en medio de este cristal roto bajo la luna 
-demasiado y poco blanca-

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