Dejo hundir la navaja en la tierra.
Grito porque estoy muerta en estas calles.
La gente sonríe y eso me gusta.
Quiero poseer sus manos y sus ojos.
Se erizan los vellos de los brazos y dibujan
un campo de trigo.
No hay fuente en las plazas de estos
pueblos pero nadie muere de sed.
Estoy cantando desde el final de la
escalera.
Dejo caer el peso muerto que arrastra este
cuerpo yermo,
Inhabitado,
Desahuciado
Y despojado de toda próspera euforia.
Veo lo que soy con vuestros ojos.
Infortunio empolvado de minerales vírgenes
Jardín de las delicias con flores negras
Que trepan por las raíces de este árbol
cadáver.
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